Hallazgo israelí. Comprueban que las plantas hablan, se comunican en diferentes “idiomas” y sufren estrés


En un laboratorio de la Universidad de Tel Aviv, la tecnología permite escuchar diferentes especies y saber cómo reaccionan ante una alerta

Por Flavia Tomaello

Los ents de J. R. R. Tolkien en El señor de los anillos son pastores de árboles inspirados en legendarias especies parlantes de las viejas tradiciones celta y nórdica. Como tales, guían los destinos de sus colegas y son capaces de comunicarse con humanos, magos y animales. Cuando Lilach Hadany era niña, tenía en su mesa de luz la trilogía a mano. La naturaleza siempre fue una de sus inquietudes favoritas, aun viviendo en una ciudad compleja para disfrutarla como Tel Aviv.

Cuando llegó a la universidad, se distrajo con las matemáticas y luego se especializó en biología, genética de poblaciones y teoría de la evolución, todas disciplinas que hoy dicta en la Universidad de Tel Aviv. “Mi principal interés de investigación es la variación en la naturaleza –cuenta–. Hemos comenzado a usar modelos analíticos, simulaciones por computadora y, a veces, experimentos, donde tratamos de comprender las fuerzas que impulsan la variación, los patrones de variación esperados en las poblaciones naturales y las consecuencias evolutivas de estos patrones”.

En una rama de sus estudios, ella se topó con una conclusión inesperada. Justo antes de la pandemia, su equipo de trabajo confirmó que las flores pueden escuchar, lo que les proporcionaba una ventaja evolutiva. Tras tres minutos de exponer a un pimpollo a una grabación de sonido de abeja, éste aumentó en un 20% la concentración de azúcar en polen.

“Algo que también sabíamos –sigue la especialista– es que el estrés produce efectos en las plantas. Cambian su color, forma y aroma. Es un mecanismo de respuesta, pero también una alerta a su entorno. Este año descubrimos que hablan, que pueden emitir palabras. Las identificamos y percibimos que se comunican en distintos idiomas”.

Hadany armó un sector específico dentro de la Facultad de Ciencias de la Vida George S. Wise, que depende de la Universidad de Tel Aviv, en Israel. Allí dispuso una seguidilla de pequeñas cabañas sin grandes distinciones respecto de un invernadero común., y donde los profesionales comenzaron a decodificar lo que las plantas dicen. Primero, lograron registrar sus sonidos y, poco a poco, desglosaron el sentido de su lenguaje y sus diferencias.

Sus primeras investigaciones revelaron que, con sus reacciones, los vegetales suelen alertar sobre su propio estado. También son capaces de apartar a la fauna herbívora si están enfermas o contaminadas, o propagar olores para que otras especies cercanas entiendan que están en peligro. “Los sonidos que registramos se parecen a pequeños quiebres o clics, similares a los que surgen cuando se hacen estallar las bolitas plásticas de los envoltorios –explica Hadany–. Esta experiencia se ha convertido en la primera vez en el mundo que se logran grabar estas emisiones”.

Tal como ocurre con el silbato para perros, Hadany y su equipo confirmaron que se manifiestan con sonidos que los humanos no pueden escuchar.

Los estudios de este último mes dieron cuenta de sonidos que pueden registrarse y clasificarse. “Con esta investigación, dimos solución a un dilema científico –sigue la académica–. Ahora sabemos que los ruidos de los árboles contienen información. Si las personas comenzamos a trabajar en esa comunicación podríamos adaptar sensores para mejorar el sistema de riego en los campos de producción, por ejemplo”.

El laboratorio de Hadany registró emisiones ultrasónicas (en una frecuencia de registro que abarca el rango entre los 20 y los 150 kHz) provenientes de especies de tabaco y de tomate que habían estado sometidas a escasez de riego. Lo hicieron con un equipamiento especial que se suele utilizar en el estudio de las señales que emiten los murciélagos. En el ingreso a cada cabaña estilo invernadero se pueden ver especies rodeadas de micrófonos, como en una conferencia de prensa, que amplifican y registran las emisiones. Con la ayuda de los sensores incorporados en los micrófonos, las señales ultrasónicas se convierten en señales eléctricas que los humanos reconocen fácilmente